lunes, 30 de junio de 2008

Cuento:...Y entre mis manos se perdió, Parte I


Acá, un cuento que espero les guste, esta vez es ficción total pero no se descarta que el arte imita a la realidad o quizá sea al revés...

La ilustración es de Jim Sweet, se llama "Where is my Mind"

…y entre mis manos se perdió, creo que no soy el único al que le pasan esas cosas, después de todo, gran parte de la vida nos la pasamos buscando cosas que hemos tenido frente a nuestras propias narices, sobre todo cuando esas cosas han estado siempre tan cercanas, tan cercanas que nos olvidamos de que existen, posiblemente en este momento no tomas como una gran cosa los apoyabrazos de tu silla pero si te pidieran que cambiaras tu silla por un banquito, te darías cuenta y resentirías mucho la perdida de tus apoyabrazos, y eso sin considerar tu respaldo.

Pues bien, la preciaba tanto y creo que habiéndola perdido de una manera tan burda, es previsible que la encuentre así de fácil como dejándola de buscar, y es que la ansiedad nos ciega tanto que no nos permite ver que lo que buscamos casi nos hace tropezar de tan cercano que esta, pero quien sabe, talvez no la encuentre nunca, o peor aún, talvez la halle siendo de alguien mas, no lleva mi nombre así que no podré reclamar mi derecho como primer dueño, talvez ni fui el primer dueño, ya no importa, a veces no es importante ser el primer dueño, sino ser el dueño que mas preció tal posesión, recuerdo que un amigo mío tuvo un automóvil, era su primer carro, pero el no había sido el primer dueño, en realidad nadie sabe quien había sido el primer dueño de aquel Tercelito rojo, pero a mi amigo no le importaba saberlo, amaba esa cosa, sospecho que le había puesto nombre y que hablaba con el, no me consta ni tengo pruebas, creo que mi sospecha nace de que si yo fuera él probablemente lo habría hecho. Bueno, el caso es que lloró mucho cuando comprobó que no podía competir en fuerza su Tercelito rojo contra un árbol, eso y que la noche es mala compañía para viajar. De cualquier forma tuvo que venderlo pues no tenía dinero para repararlo y endeudarse por el carrito aquel no le traía tanta cuenta, me parte el alma ver el cascarón de aquel juguete de ensueño como se pudre bajo la lluvia y se tuesta bajo el sol. Mi amigo no habla del tema pero no pasa nunca frente al viejo garaje donde yace lo último que queda de aquellas memorables aventuras que nos vieron felices dentro de un Tercelito rojo.

La cosa es que no pude evitar perderla como no puedo evitar sentir la pérdida como algo verdaderamente difícil de sobrellevar.

Recuerdo muy bien ese jueves, llegué a su casa con un arreglo bonito, algo extraño pero supuse que le gustaría, era su cumpleaños, lo que llevaba era una enorme margarita metida en una suerte de estuche transparente rellena de aceite, no se donde ni como me hice de ella, probablemente me la regalaron o la encontré, no lo se, pero se me figuró algo valioso y que valdría la pena dársela pues era una curiosidad, tengo dos costumbres con los regalos que doy a una persona especial, doy un beso al regalo y lo envuelvo en papel dorado, para mí representa que lo doy con amor y mis mejores deseos, bueno pues el caso es que me extrañé sobremanera porque cuando lo recibió, en vez de alegrarse, pareció resentirlo y estimarlo como algo barato, aunque no lo dijo, creo que no hacía falta tampoco, su agradecimiento fue seco y frío, traté de no prestarle importancia, ella me había quedado mal una vez también con un regalo, era una pluma que resultó mancharme la bolsa de la camisa, no me enoje externamente pues de cualquier forma no me gustaba mucho esa camisa, lo que me irritó fue que en vez de ayudarme se limitó a morirse de la risa, no era mi intención pero creo que lo de la flor fue una buena venganza. No creo que haya cosa más ridícula que una “Guerra de Regalos” es algo tan subjetivo que en el mejor de los casos nadie se da por aludido.

Al final de aquel jueves sucedió algo sumamente extraño, la cosa que me hace escribir esto, Ana, que así se llamaba, (Ana entre tantas Anas) no aceptó mi invitación a comer así que pasamos el día entero en su casa, subimos a su habitación y revisé algunas fotos que ella se había empeñado en que yo tenía que ver, con el hastío de quien mira o lee cosas por obligación pero sin el deseo de hacerlo, pasaba yo las hojas de su álbum, estaba yo sentado en su cama con la espalda sobre un enorme perro de fieltro, recuerdo de un tal Filomeno a quien no conocí nunca, excepto por fotos; Filomeno era el antiguo Yo en la vida de Ana, creo que lo atropelló un camión o se fue a otro país, no me importa en realidad, solo se que ya no existe. Me aburrí antes de lo que yo mismo esperaba y me quería ir antes de que asomara la familia de la chica, siempre he sido tan timorato, talvez es mi supuesta mojigatería lo que tanto Ana como su familia despreciaban de mí.

En medio de la espera, no se de qué, Ana salió con la ocurrencia de que celebrásemos, una champañita decía ella, que en realidad era cerveza y ron, debo reconocer que la idea no me pareció buena de principio pero que de todos modos no impedí que la lleváramos a cabo, bebimos un poco, retiramos las fotos de la cama y bebimos otro poco, y luego… bueno, esta parte, la parte importante, es la que no recuerdo…

Continuará...

4 comentarios:

Ana P. Cruz dijo...

Como que es la parte que no recuerda? lo mato! lo mato! jajaja. . .

Walter González dijo...

Ay Patty, si ni aún haciendo estas tretas consigo que me visiten tanto...

Abril dijo...

jajajaja.... me muero por ver la II parte....

Walter González dijo...

Gracias por visitarme Abril, me alegra mucho que te haya gustado esta primera parte y espero no defraudarte con el resto...